«Ese es mi nombre, Cassie. No Cassie por Cassandra, ni Cassie por Cassidy. Cassie por Casiopea, la constelación, la reina atada a su silla del cielo del norte; la que era bella, aunque vanidosa, de modo que el dios del mar, Poseidón, la subió a los cielos como castigo por presumir tanto. Su nombre significa «la de las palabras excelsas» en griego.
Mis padres no sabían nada de ese mito, pero les gustó el nombre.
Nadie me llamaba nunca Casiopea, ni siquiera cuando quedaba gente a mi alrededor que pudiera llamarme. Solo mi padre, solo cuando me tomaba el pelo y siempre con un acento italiano pésimo: Casssi-oo-peee-a. Me volvía loca. No me parecía ni gracioso ni mono, y conseguía que odiara mi nombre. «Me llamo Cassie -le chillaba-. Solo Cassie». Ahora daría lo que fuera por oírselo decir una vez más.»

«Llámame Zombi. Cabeza, manos, pies, espalda, estómago, piernas, brazos, pecho... Me duele todo. Hasta parpadear duele. Así que intento no moverme e intento no pensar demasiado en el dolor. Intento no pensar demasiado, punto. He visto lo bastante de la plaga en los últimos tres meses como para saber lo que me espera: colapso total, empezando por el cerebro. La Muerte Roja convierte tu cerebro en puré de patatas antes de que los demás órganos se licúen. No sabes dónde estás, no sabes quién eres, no sabes qué eres. Te conviertes en un zombi, en un muerto que camina... Si es que tienes la fuerza suficiente para caminar, cosa que no ocurre.
Me muero. Lo sé. Diecisiete años y se acabó la fiesta.
Una fiesta corta.»